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martes, 25 de marzo de 2014

La misericordia, estilo de Dios | CatInfor.com

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La misericordia, estilo de Dios

La misericordia, estilo de Dios
El mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2014 tiene como lema lo que dice San Pablo de Cristo: "Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza" (cfr. 2 Co 8,9), y es una invitación a la generosidad personal y comunitaria.

En el texto explica cómo es el "estilo de Dios" en su amor por nosotros; y propone orientaciones fundamentales para el testimonio cristiano.

El estilo de Dios

Las referidas palabras de San Pablo, observa el Papa, nos dicen cuál es el estilo de Dios: "Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza". E interpreta Francisco que esto se refiere al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: "Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se despojó, se 'vació', para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2,7; Hb 4,15)".

¿Y por qué hizo esto? "La razón de todo esto –precisa Francisco– es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama". Y explica algo de lo que podemos experimentar nosotros: la caridad, el amor, es compartir en todo la suerte del amado; el amor nos hace semejantes, crea igualdad, derribando muros y distancias.

Pues bien, Dios hizo eso con nosotros. Como señala el Concilio Vaticano II, Jesús "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado" (Gaudium et spes, 22).

Por tanto, apunta el Papa, la finalidad de Jesús al hacerse pobre de esta manera, no es la pobreza en sí misma, sino "una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y de la Cruz".

¿En que consiste la pobreza de Cristo?

La gracia de Cristo –su amor gratuito que nos salva–, señala Francisco, consiste en esto, que quiso hacerse uno de nosotros, en todo menos en el pecado, precisamente para cargar con el peso de nuestros pecados. "Ese es el camino que eligió para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria". Y es sorprendente que Cristo nos haya salvado y liberado no por medio de su riqueza y su poder divinos, sino de esta manera, porque su mayor riqueza es su amor por su Padre y por nosotros; eso es lo que nos ha dado a compartir, esa es la gracia maravillosa que nos ofrece.

¿En qué consiste entonces esta pobreza de Cristo?, se pregunta de nuevo el Papa, y responde: sobre todo consiste en este modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como buen samaritano (cfr. Lc 10,25ss). "Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros".

Con otras palabras: "La pobreza de Cristo, que nos enriquece, consiste en que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios". Y así Jesús nos invita "a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr. Rm 8,29)".

Desde ahí concluye Francisco este primer punto: "Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo".

Llamados a buscar a los pobres y a los pecadores

Pasando a nuestra situación escribe el Papa: cabría pensar que esa fue la pobreza de Cristo, pero ahora nosotros hemos de hacerlo con medios humanos. Y no es así, porque "Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, que se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres". "La riqueza de Dios –agrega– no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo". ¿Cómo hacer esto?

Los cristianos, propone Francisco, estamos llamados a aliviar la miseria –pobreza sin confianza, sin solidaridad y sin esperanza– de nuestros hermanos. Y distingue tres tipos de miseria:

a) La miseria material, que habitualmente llamamos pobreza y afecta a los que viven en condiciones indignas de la persona humana. En los pobres y necesitados vemos a Cristo y en ellos le amamos y servimos, procurando además combatir las causas de la miseria. Y detalla: "Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas". "Por tanto –deduce–, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir".

b) La miseria moral, "que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado"; y esto incluye la esclavitud de las drogas, el alcohol, el juego o la pornografía. Muchas personas han llegado a vivir esta miseria "por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo que les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud".

c) La miseria espiritual que suele asociarse a la anterior, "nos llega cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor". Pero esto nos aboca al fracaso, porque solamente en Dios está la verdadera salvación y la liberación. "En cada ambiente –nos recuerda el Papa– el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente siempre, y que estamos hechos para la comunión y la vida eterna".

Por tanto estamos a llamados a anunciar esta alegría de la salvación traída por Cristo, para dar esperanza a tantos que están sumidos en el vacío. "Se trata –propone Francisco– de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana".

Testimoniar la misericordia

En suma, esta es la manera de actuar de los cristianos, con el mismo "estilo de Dios", imitando a Cristo y unidos a Él, configurados con Él. Así, sobre la base de la Palabra de Dios y de los sacramentos, Cristo sigue haciéndose pobre también a través de los cristianos. La condición es que encuentre "a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de dar testimonio, a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual, del mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, dispuesto a abrazar en Cristo a cada persona". Cabría añadir: no se trata de no contar con los medios humanos en absoluto –Cristo también los empleó–, sino de no aferrarnos a ellos como "medio de salvación" para nosotros o para otros; pues lo único que salva es acoger y participar el amor de Dios.

Todo ello, particularmente en Cuaresma, tiene manifestaciones bien patentes: "Nos vendrá bien preguntarnos de qué nos podemos privar para ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un desprendimiento sin esa dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele". La misericordia es el estilo de Dios y, por tanto, también del Espíritu Santo en nosotros.
camineo.info

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NOTA BLOGUERA:
No es que se hiciera uno "de nosotros", es que se hizo uno CON nosotros, convirtiéndonos a través de su Palabra en verdaderos Hijos de Dios, a su mismo nivel gracias a El. Este es el gran misterio, que nos transforma en auténticos HIJOS DE DIOS, POR EL ESPÍRITU SANTO QUE NOS HA SIDO DADO y todo gracias a Jesucristo, a El todo el honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.

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Miércoles de la XXX Semana del Tiempo Ordinario
Carta de San Pablo a los Efesios 6,1-9. Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor porque esto es lo justo, ya que el primer mandamiento que contiene una promesa es este: Honra a tu padre y a tu madre, para que seas feliz y tengas una larga vida en la tierra. Padres, no irriten a sus hijos; al contrario, edúquenlos, corrigiéndolos y aconsejándolos, según el espíritu del Señor. Esclavos, obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo; no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan a sus dueños de buena gana, como si se tratara del Señor y no de los hombres, teniendo en cuenta que el Señor retribuirá a cada uno el bien que haya hecho, sea un esclavo o un hombre libre. Y ustedes, patrones, compórtense de la misma manera con sus servidores y dejen a un lado las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos, que lo es también de ustedes, está en el cielo, y no hace acepción de personas. Salmo 145(144),10-14. Que todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien la gloria de tu reino y proclamen tu poder. Así manifestarán a los hombres tu fuerza y el glorioso esplendor de tu reino : tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados. Evangelio según San Lucas 13,22-30. Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?". El respondió: "Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: 'Señor, ábrenos'. Y él les responderá: 'No sé de dónde son ustedes'. Entonces comenzarán a decir: 'Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas'. Pero él les dirá: 'No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!'. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos". 
Lc 13,22-30
Leer el comentario del Evangelio por  Misal romano Plegaria eucarística para la reconciliación, nº 2
«Vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios»
     Padre de bondad, tu Hijo ha dejado a tu Iglesia esta prenda de su amor. al celebrar, pues, el memorial de su muerte y resurrección, te ofrecemos lo mismo que tú nos entregaste: el sacrifcio de la reconciliación perfecta.      Acéptanos también a nosotros, Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo; y en la participación de este banquete concédenos tu Espíritu, para que desaparezca todo obstáculo en el camino de la concordia y la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz.      Que este Espíritu, vínculo de amor, nos guarde en comunión con el Papa Benedicto XVI, con nuestro obispo N., el colegio episcopal, y todo tu pueblo santo.      Recibe en tu reino a nuestros hermanos que se durmieron en el Señor y a todos los difuntos cuya fe sólo tú conociste.      Así como nos has reunido aquí en torno a la mesa de tu Hijo, unidos con María, la Virgen Madre de Dios, y con todos los santos, reúne también a los hombres de cualquier clase y condición, de toda raza y lengua, en el banquete de la unidad eterna, en un mundo nuevo donde brille la plenitud de tu paz, por Cristo, Señor nuestro. 

miércoles 27 Octubre 2010

Santos Vicente, Sabina y Cristeta


Santos Vicente, Sabina y Cristeta
Vicente, Sabina y Cristeta son hermanos. Han nacido y viven en Talavera (Toledo). Los tres disfrutan de su juventud —Cristeta, casi niña- y, como en tantos hogares después del fallecimiento de los padres, hace cabeza Vicente que es el mayor. Manda en el Imperio la tetrarquía hecha por Diocleciano con el fin de poner término a la decadencia que se viene arrastrando a lo largo del siglo III por las innumerables causas internas y por las rebeliones y amenazas cada vez más apremiantes en las fronteras. Diocleciano, augusto, reside en Nicomedia y ocupa la cumbre de la jerarquía; su césar Galerio reside en Sirmio y se ocupa de Oriente; Maximiano es el otro augusto que se establece en Milán, con su césar Constancio, en Tréveris, gobiernan Occidente. El presidente en España es Daciano hombre cruel, bárbaro y perverso, que odia sin límites el nombre cristiano y que va dejando un riego de mártires en Barcelona y en Zaragoza. Llega a Toledo y sus colaboradores buscan en Talavera seguidores de Cristo. Allí es conocido como tal Vicente, que se desvive por la ayuda al prójimo y es ejemplo de alegría, nobleza y rectitud. Llevado a la presencia del Presidente, se repite el esquema clásico, en parte verídico y en parte parenético de las actas de los mártires. Halagos por parte del poderoso juez pagano con promesas fáciles, y, por parte del cristiano, profesiones de fe en el Dios que es Trinidad, en Jesucristo-Señor y en la vida eterna prometida. Amenazas de la autoridad que se muestra dispuesta a hacer cumplir de modo implacable las leyes y exposición tan larga como firme de las disposiciones a perder todo antes de la renuncia a la fe nutriente de su vida que hace el cristiano. De ahí se pasa al martirio descrito con tonos en parte dramáticos y en parte triunfales, con el añadido de algún hecho sobrenatural con el que se manifiesta la complacencia divina ante la fidelidad libre del fiel. Bueno, pues el caso es que a Vicente lo condenan a muerte por su pertinacia en perseverar en la fe cristiana. Lo meten en la cárcel y, en espera de que se cumpla la sentencia, es visitado por sus dos hermanas que, entre llantos y confirmándole en su decisión de ser fiel a Jesucristo, le sugieren la posibilidad de una fuga con el fin de que, sin padres que les tutelen, siga él siendo su apoyo y valedor. La escapada se realiza, pero los soldados romanos los encuentran en la cercana Ávila donde son los tres martirizados, en el año 304. El amor a Dios no supone una dejación, olvido o deserción de los nobles compromisos humanos. Vicente, aceptando los planes divinos hasta el martirio, hizo cuanto legítimamente estuvo de su parte para sacar adelante su compromiso familiar.